El mate: misionero y guaraní

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El mate es sin lugar a dudas un hábito común entre los habitantes de nuestro país y en gran parte de Sudamérica. Su consumo se asocia tanto a pautas culturales como a prácticas identitarias y simbólicas. Por su importancia social y económica fue declarado por el Congreso de la Nación como la infusión argentina, en 2013.

La yerba mate (Ilex Paraguariensis) es un producto autóctono del continente americano, producida únicamente en Argentina, Brasil y Paraguay. Sus usos se remontan al periodo prehispánico, cuando fue utilizada por los pueblos originarios, principalmente por los guaraníes. Fueron ellos quienes vieron en la planta un recurso no solo alimenticio, sino también cargado de connotaciones sagradas acorde a su cosmogonía.

En la actualidad está presente en la mayoría de los hogares de todos los estratos sociales, lugares de trabajo o espacios públicos, al grado que resulta casi imposible imaginarse la rutina diaria sin su compañía. Los guarismos señalan que 8 de cada 10 argentinos toman mate.[1] Sin embargo, esta realidad no siempre fue así. La historia indica que en determinados momentos el consumo fue resistido, combatido e incluso asociado a “cuestiones malignas”. Así lo vieron en primera instancia los Jesuitas desde su llegada en el siglo XVII. Con el devenir del tiempo, lo aceptaron e incluso lo consumieron, llegando a controlar por primera vez en la historia el método de cultivo.

También es necesario recordar, como un ejercicio necesario de la memoria colectiva, que la yerba fue utilizada como recurso extractivo, principalmente luego de la infame Guerra de la Triple Alianza, que permitió el desarrollo de la explotación capitalista, donde los guaraníes primero y los mensúes después fueron las víctimas de este modelo productivo tan atroz que llevó a Rodolfo Walsh a catalogar entre las crónicas más antiguas y en la lista de saqueo de todas las batallas.[2]

A principios del siglo XX y bajo la estructura del Estado moderno se fomentó la colonización yerbatera con población extranjera -principalmente europea- desdeñando por momentos a la población local. Aún con el auspicio oficial la yerba mate fue clasificada como un producto menor, consumida por los pueblos pobres e incluso desde algunos sectores tildaron de “desgraciado ensayo de colonización yerbatera[3] al impulso otorgado a la producción nacional con epicentro en Misiones.

Debió el mate disputar espacios y superar barreras para instalarse como la infusión nacional. Lo hizo en condiciones de desventajas, ya sea por el fomento del consumo del té o el café, cuando no relegado por cuestiones de modas o status, puesto que peyorativamente al mate se lo siguió catalogando como un producto de la “gente pobre”. Aun así, la infusión permaneció en los hogares como una costumbre ancestral que se resistió -como el pueblo que le dio origen- a desaparecer.

Por Dr. Lisandro Rodríguez, especial para MTH.


[2]Walsh, Rodolfo (1966): La Argentina ya no toma mate. En: Revista Panorama, N° 43, p. 2

[3]Postura del entonces Ministro de Agricultura Antonio De Tomaso. Ver Revista de Economía Argentina: La industria yerbatera argentina. Informe del Gobernador de Misiones. Buenos Aires. N° 117 marzo de 1928 Pp. 223-224