La lucha final. Los campamentos de la resistencia.

Contame una Historia

Ver el impacto del terror sobre las chacras, sobre las familias y los vecinos, a la par de las caídas que llevaban al cambio de lugar de esos campamentos, provoca un impacto que golpea muy hondo en el ánimo de los colonos.

Porque era en las chacras donde funcionaban esos campamentos. En general en una parte de monte que la chacra conservaba, que podía estar unida a otros montes o cruzadas por yerbales o tesales. La zona centro, si bien mirada desde hoy era “monte” y algunas colonias, en aquel entonces ocupaba un lugar muy importante en la expansión de la frontera de la agricultura. La tierra tenía dueño y los campamentos siempre estaban en la chacra de alguien y con ese alguien y su familia se acordaba esa permanencia. Y también cuándo era necesario retirarlo.

La ruta nacional 14 desde Oberá, hacia el norte era de tierra. La ruta provincial N° 7 se estaba por terminar y esto permitiría transportar tropas al centro de la provincia. Esta red de caminos en construcción cruzaba otra red, la de los más habituales, de entoscado y caminos de tierra roja. Estas condiciones, durante un tiempo, dieron aire al movimiento de los proscriptos, que se movían principalmente a pie, carros con bueyes y ocasionalmente alguna camioneta.

El avance de la maquinaria estatal se dificultó, pero fue llegando inexorablemente. Tampoco tuvieron problemas para hacer circular las personas secuestradas entre el lugar de detención y los diversos centros de interrogación y volverlas, para mostrarlas en las chacras como trofeo, y para que las próximas víctimas piensen que esa persona las entregó.

Durante ese tiempo las detenciones no se interrumpieron, marzo, abril, mayo... Cada mes eran más los que habían caído, más los que había que refugiar en los campamentos y más se acercaban a la ubicación de los campamentos. Para la primavera de 1976, cuando los caminos secan y queda firme el tiempo, se despliega el Operativo Toba II sobre el centro de la provincia.

En este tipo de operativos el Ejército moviliza mucha logística, la necesaria para participar de obras cívicas y establecer campamentos transitorios tanto en poblados como en la zona rural. Claro que esa movilización de recursos era comida por la misma corrupción militar, que hacía que los soldados tuvieran que mendigar en la colonia lo que sus superiores robaban y se hacían servir.

Uno de esos campamentos transitorios del Ejercito se estableció en la chacra de los Olivera. Bety Olivera contó que durante esos días tenían que servir la mesa a los jefes, con los chanchos que ellos mismos habían elegido, junto a la mandioca, el repollo y todo lo que había dejado el Karaí de invierno. Pero los soldados rogaban por el reviro que a escondidas ellas les preparaban. Mientras los prisioneros colgaban de los árboles, del otro lado de la calle, sin agua.

En los meses anteriores a esta ofensiva, la guerra psicológica había logrado silenciar las voces de cualquier resistencia y solo se oía ahora en los caminos de la colonia la voz de los buchones. Contaban con la ayuda inapreciable de LT13 radio Oberá, que alertaba a las buenas conciencias de la presencia de “peligrosos terroristas en el monte”.

No quedó chacra sin revisar, siempre alguito se llevaban, que una escopeta del padre, que una caña guardada, unas gallinas o por lo menos huevos. Ante cualquier duda los golpes, siempre el abuso. Muchas familias, víctimas de ese doble mecanismo, empezaron a tolerar a los milicos y temer de los “terroristas subversivos”. Todo construía un único enemigo de la sociedad, “el subversivo”.

De marzo a octubre del 76 el mecanismo había funcionado sin tropiezos: Inteligencia marcaba el blanco, se los secuestraba e interrogaba, siempre en presencia de un agente de inteligencia que remitirá a su superior el informe detallado para su análisis. No era difícil suponer dónde andaba Pedro. Lo preguntaban principalmente para poner al interrogado frente al temor de traicionar.

De a poco los fueron acorralando. Al principio los compañeros, de a dos o tres, quedaban en casas de familias del MAM y la movilidad geográfica era muy amplia. Con el correr de los días se fue restringiendo la circulación. Las noches se pasaban en el monte de las chacras que los abastecían. Para algún momento de agosto o septiembre se establece lo que aparenta ser uno de los campamentos más grandes de los militantes del MAM y en el que comenzó la dispersión final. Este campamento fue el que se estableció cerca de la ruta 8 a pocos kilómetros de Campo Grande en dirección a Veinticinco de Mayo. De ahí podían salir cruzando montes y cultivos para la ruta 14 y de ahí para el lado del Paraná. Faldeando la sierra se llegaba fácil a Pindaytí, Colonia Mavalle y Aristóbulo del Valle y aguas abajo llegar a Los Helechos, Panambí y el río Uruguay.

En ese campamento estuvieron, además de Pedro y Matilde, el Negro Figueredo, la maestra Susana Ferreyra, Pérez Rueda, los hermanos Hippler, Zamudio y Eduardo Zurakosky, más las compañeras y compañeros del territorio que daban asistencia y seguridad. Mientras ese campamento duró parece que la moral estaba alta. Tenían un funcionamiento diario de reuniones de discusión y formación política, ejercicio y hasta habían hecho un mástil. Las carpas las tenían cerca de unos piedrones de donde se podía manguear la picada y la ruta.

A fines de septiembre cae Zamudio y deciden levantar el campamento y, en una discusión colectiva, qué rumbo tomar. Se dispersan y cada uno buscará en sus familias un lugar donde esconderse. Supongo que en ese momento se dieron cuenta del destino que les esperaba. El ejército se había instalado a orillas del arroyo Acaraguá, sobre la ruta 8, a pocos cientos de metros de “nuestro” campamento.

Primero partió el grupo de Pérez Rueda, los Hippler, el Negro y Eduardo Zurakosky. Este grupo sale por arriba directo hacia la ruta 12 y Puerto Leoni. Las chacras a las que llegaban ya habían sido “visitadas” y muchas veces sus habitantes habían sido secuestrados por horas o días. Ahí se separan, el Negro y Eduardo vuelven hacia la 14 en un intento de buscar a Pedro por Aristóbulo del Valle. Varias veces se cruzan a metros de la milicada. No hay contacto.

De uno de los Hippler no se sabe nada desde octubre, el otro junto a Pérez Rueda caen cerca de Los Cafetos, en un violento procedimiento encabezado por Mohamed Seineldin y sus comandos. Eduardo y el Negro van hacia Campo Viera, donde se separan. Juan Figueredo sería asesinado y desaparecido su cuerpo poco después ahí, en Campo Viera. Eduardo, va hasta Almafuerte a la casa de un hermano, pero ya todas las familias saben que si le dan hospedaje ellos mismos serán secuestrados y torturados, sus hijas violadas y con suerte irían a parar a una cárcel. Lo convencen de que se entregue y lo hace en la comisaría de Alem. Eduardo sobrevivió a la tortura y la cárcel, y fue uno de los principales testigos de esos últimos meses de resistencia.

Quizás el otro grupo, donde seguro estaba Matilde, Pedro y Susana Ferreyra, demora su salida hacia Pindayti. Y es ahí donde llega un joven vecino que les avisa que el Ejército está en el balneario del Acaraguá. Salen en un carro y pasan al lado del despliegue militar y se instalan en distintas chacras de la colonia Mavalle y Cruce Pindayti. Y ahí, protegidos por las familias de la zona, pasaron el domingo 17, día de la madre.

Dos días antes la Patota había llegado a la casa de familiares de Pedro en Jardín América. Los reflectores, los golpes y las capuchas no impiden reconocer a Morales, administrador de la empresa Urrutia. Quien seguramente era parte fundamental del grupo de tareas del Área 232, tanto es así que fue quien llevó a los prisioneros como Pedro o Eduardo Zurakosky para ser exhibidos frente a Urrutia y otros potentados de la yerba y el té.

El método de acción a partir de ahí es simple: llegan a la chacra, la ocupan sacan a los hombres y los torturan ahí mismo, submarino y picana, más hormigueros y espinas. Capucha y palos. Mientras las mujeres son abusadas, obligadas a cocinarles y servirles. Nada es casual, tienen órdenes.

Las personas secuestradas son llevadas a Posadas y vueltas al territorio. A Zaremba, capturado en Posadas, lo matan en la chacra de Olivera, en Pindaytí. Los Andrujovich, Juan Cyplinsky, la familia Yanzat, Sabino Mendoza y sus hijos, son llevados al campamento de Acaraguá y de ahí a Posadas. Susana Benedetti, Adan Holot, Olivera y muchos otros al destacamento de la policía de Misiones en Pindayty, y de ahí a Aristóbulo del Valle.

La Patota no conoce el lugar exacto y no se arriesga a avanzar dentro del monte, pero ya saben dónde “no están”. Y los buchones, esos sí, siempre están.

Días después del día de la madre, llegan muy temprano, en un enorme despliegue, a las chacras de Holot, Da Silveira y Olivera. Dejan la de Olivera y se concentran en lo de Holot. La familia Olivera manda a Bety y una hermana a ir por atrás de la chacra de Holot a ver qué pasa, para avisarle a Pedro. Cuando vuelven toda su chacra está cubierta de soldados. En el ínterin, Adan Holot trata de escapar y le tiran, eso alerta a Pedro que abandona el campamento junto a Susana y Matilde, caminando por los arroyos para no dejar rastros.

Cuando la Patota llega al campamento el fuego todavía está prendido y las cosas ahí. Se fueron con lo puesto y un par de armas que tenía Pedro y que nunca disparó. Y aquí comienza la etapa más difícil para conjeturar sobre lo que pasaría por la cabeza de Pedro.

Se separan de Susana y ya casi no queda donde ir, parece que su estado de salud no es bueno, la vida del monte no le resulta tan dura como a los compañeros que vienen del poblado, pero tampoco es un montaraz, él siempre trabajó en la chacra. Y está Matilde que es una incógnita pero que imagino aguerrida. Y una enorme responsabilidad para él. ¿Cómo salir de esa situación preservándola?

Supongo que Pedro duda, ¿qué hacer? Se acerca quizás sin pensarlo a su colonia, quiere ver a su madre, en el intento se cruza con los milicos y los ve pasar desde la copa de un árbol. Finalmente establece un campamento cerca de la casa de los suegros. Más de una semana están ahí hasta que son capturados.

Con la caída de Pedro se derrumba la última esperanza, el último intento de resistir.

Por Pablo Fernández Long, especial para MTH.

Foto:  Reconocimiento judicial del arroyo Acaraguá, donde el Ejército Argentino instaló un centro clandestino de secuestro y tortura. Primero a la izquierda, Juan Chiplinski, víctima del Operativo Toba II y testigo en los juicios por delitos de lesa humanidad en Misiones. Detrás, la jueza federal Verónica Skanata, a cargo del reconocimiento.